24 abril, 2026

Cecilia Rikap: “Democracia no es usar todos la misma aplicación”

La investigadora argentina analiza cómo los monopolios intelectuales, liderados por gigantes tecnológicos, redefinen el poder económico y político, subordinando a gobiernos y sociedades enteras.

—En economía estamos acostumbrados a hablar de monopolios en términos de mercado. Una empresa que domina un sector fija precios, elimina competidores. Pero usted introduce la categoría de monopolio intelectual que parece operar de otra manera. ¿Qué es exactamente un monopolio intelectual y por qué la distinción importa?

—Un monopolio intelectual es una empresa que tiene la capacidad sistemática de apropiar distintas formas de conocimiento o bienes intangibles. Puede ser datos, pero también puede ser conocimiento científico o concentrar marcas, y lo que hace es monetizar ese conocimiento. Importa, porque eso le permite a esa empresa no necesariamente eliminar la competencia, sino también en parte subordinarla. Y eso resulta en lo que llamo “esferas de control más allá de la propiedad”. Nos da la ilusión de que hay competencia, por ejemplo, pocas gigantes tecnológicas o pocas grandes farmacéuticas, pero un montón de empresas startups alrededor generan la ilusión de competencia. Pero los que están en el centro, los que marcan la agenda, los que deciden, son unas pocas empresas. “Hasta las Naciones Unidas hoy están sometidas a las tecnologías de estas gigantes digitales.”

—Usted sostiene que estos monopolios no solo dominan el mercado, sino que planifican esferas enteras de capitalismo global. La planificación de la innovación queda a cargo de estos gerentes de la inteligencia del desarrollo y los ejecutivos de corporaciones privadas. Entonces, ¿cómo cambia la relación entre el poder corporativo y el poder de los gobiernos?

—La teoría de la dependencia nos sirve para distinguir cómo cambia la relación entre un gobierno de un país central o un gobierno de un país periférico con estas empresas, o semiperiférico. En el caso de un gobierno como el de la Argentina, lo que sucede es que el gobierno se vuelve también dependiente, para su propia operatoria, de las tecnologías que le venden a caja cerrada estas empresas. En el caso de las tecnologías digitales, son el resultado no solo de la apropiación de datos, sino también del conocimiento que se produce colectivamente entre miles de organizaciones, incluso universidades y organismos públicos de investigación que financia el propio Estado. Y luego el Estado se vuelve un cliente forzoso, dependiente de estas empresas. Entonces, en estas dinámicas de quién gobierna, quién decide, es central enfocarnos específicamente en las tecnologías digitales, porque las tecnologías digitales son las tecnologías de control de hoy, son las tecnologías que permiten controlar una organización, armar una empresa, pero también controlar nuestra vida personal, y ni hablar, el Estado. Distinto es el vínculo con un gobierno como el de Estados Unidos y las gigantes tecnológicas de Estados Unidos, o el mismo binomio en el caso de China, donde la relación es más entre iguales. Pero al mismo tiempo, es una relación en donde las grandes empresas no dependen de los contratos con sus gobiernos para tener beneficios. Y al revés, esos gobiernos dependen cada vez más, y más aún en contextos bélicos como los actuales, de tecnologías que venden a caja cerrada estas empresas.

—Me quedé pensando en la teoría de la dependencia, es de los años 60, que identificaba actores locales que funcionaban como engranajes, como representantes del poder externo, la llamada oligarquía terrateniente o las burguesías que eran compradas y qué lugar ocupan hoy. ¿Quiénes son esos representantes, por ejemplo, en América Latina?

—En América Latina, además de estas oligarquías del campo, se suman a este error cómplice empresarial, los llamados unicornios y muchas veces mal llamados campeones nacionales. Estas empresas como Mercado Libre, Globant, Ualá o Despegar en Argentina, pero también Rappi en Colombia o Magaluf en Brasil, por nombrar otros ejemplos, tienen una diferencia con las oligarquías del campo del pasado. Esa diferencia es que no son empresas atrasadas, no son sectores económicos atrasados, al contrario, están muchas veces en la frontera del conocimiento, pero para eso dependen, al mismo tiempo, no solo de su capacidad propia de producción de conocimiento, sino también de los servicios que contratan de gigantes de la nube, en particular de Amazon, Microsoft y Google. Y ponen este conocimiento que ellas mismas apropian y el que usan sin verdaderamente acceder desde la nube al servicio, no del desarrollo de los países, sino de la apropiación de todavía más valor de las mayorías.

—Usted analiza un concepto en su obra que es especialmente perturbador, el “totalitarismo epistémico”, la idea de que los monopolios intelectuales no solo producen tecnología, sino que producen el modo en que concebimos la realidad que financian universidades, organizaciones de la sociedad civil que dan forma a las narrativas dominantes. ¿Cómo funciona ese mecanismo?

—En relación a cómo marca la agenda de investigación en el sector público, en las instituciones públicas, podemos ver que incluso, por ejemplo, empresas como Microsoft, como Google, financian cátedras y centros de investigación, definiendo qué se investiga y cómo se investiga. Eso tiene un impacto directo en la producción de conocimiento y en la forma en que entendemos el mundo. El totalitarismo epistémico implica que no solo controlan los medios de producción, sino también los medios de producción de sentido.

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