23.3 C
Buenos Aires
3 diciembre, 2022

El Cobertizo

¿En cuál de los últimos pajonales que le quedan a la pampa se habrá refugiado la rezagada bandada de martinetas? Porque si de algo no quedan dudas  en el panorama cinegético de nuestra llanura interminable, es la desaparición constante de esa elegante caminadora (precisamente, su nombre científico es Eudromia Elegans).

En este recuerdo no es el sujeto principal, pero sí el motivo. Era el tiempo de las cacerías de doble jornada, asado intermedio y dos perros, uno para cada salida del día, separadas por el rito alimentario. Con Leonel arrancábamos los sábados bien de noche aún y regresábamos al día siguiente, también en plena noche. Bastaban, como mucho, 200 kilómetros para encontrar potreros ubérrimos de fauna menor. Casi siempre eran perdices chicas; muy pocas veces, alguna colorada fugaz y, según el campo, cierta bandada de copetonas.

Para esos casos Leonel era imbatible. Localizaba el conjunto de cabezas cariblancas y copetes negros a mucha distancia (el medía casi dos metros), y comenzaba entonces el desplazamiento. Les ganábamos la delantera si el terreno era llano y describíamos un círculo. Las copetonas se agrupaban, se desorientaban y optaban por echarse. Entonces deteníamos la marcha y, con distintos rumbos pero concéntricos, avanzábamos. La escena era breve: dos o tres disparos y la bandada se dispersaba a los cuatro vientos. Después era cuestión de ir encontrándolas en sus escondites.

En la ocasión de marras salimos con un cielo encapotado que nos acompañó hasta Saladillo. Leonel observaba las nubes cada tanto y no hablaba. Llegamos al potrero elegido (con permiso previo); Leonel nos llamó; curiosos, nos acercamos a un ya apreciable montículo de tallos secos de cardo, algunos con ramas verdes todavía,  otras ramas secas y hierbas de tallo largo que había comenzado a juntar. Digamos que ese potrero y los vecinos, altos, sin pantanos pero también sin árboles, eran un remedo de la pampa original.

Sin prisa pero sin vacilación, nuestro amigo había reunido una respetable cantidad de esos materiales. Varias ramas de duraznillo con horqueta fueron clavadas en la tierra blanda y luego comenzó “el techado”. Ya nos habíamos desembarazado de armas y municiones, y colaborábamos en la decisión. Al fin coronó el estrafalario edificio con un medio tambor de aceite, que el mismo Leonel había encontrado. Debajo se extendía algo como un viejo mantel del entonces reciente y novedoso “hule”. Y más abajo aún, el entramado de las hierbas secas.

Lo dejamos entretenido y sordo a nuestras advertencias acerca de la fugacidad de las horas de luz, en pleno invierno.

  —Vayan, yo iré a la tarde. Los espero a las 12, -dijo.

Era la fórmula. El primer tramo de caza, fuera a la hora que fuese de iniciado, terminaba a las 12. El almuerzo, un rato de modorra, y las tres horas de la tarde. Eso era todo.

De ese día, que fue gris total, el recuerdo es minucioso y lleno de luz. Con Ángel nos abrimos hacia un declive y una depresión, plena de pasto puna. Detrás de su bretona “Gina” (sí, por la inolvidable Lolobrígida), mi amigo –de buena estatura- se distinguía entre las matas pardo verdosas. Yo tenía a “Buc”, mi mejor bretón, segundo duque de Imperdon. Pronto aparecieron las primeras marcas sobre perdiz y se escucharon los estampidos. Después, un lapso prolongado sin noticias hasta que mi perro quedó petrificado ante un matojo grande del mismo pasto. Con un cloqueo sordo voló la forma gris plomo de la martineta y detrás los dos cartuchos de mi Beretta. Un extremo de ala se quebró y el ave apenas alcanzó una altura de dos metros sobre el piso. Pero volaba, y debajo de ella, Buc, implacable. Cuando la altura se achicó al metro, el bretón saltó y la atrapó con la boca. Aún recuerdo el grito de Ángel y mi alegría; y también las primeras gotas de una lluvia que se desplomó inmisericorde sobre nosotros.

Sin vacilar, iniciamos la retirada. Nos guiaba el montículo hecho por Leonel y el copete amarillo de la lata de aceite. A cien metros diluviaba, pero no tanto como para disipar la columna de humo azul que surgía del centro de la cúpula. Entramos por una abertura tipo “iglú”, los tres con nuestros perros (Leonel tenía a Nick, sire de su criadero y padre de camadas memorables aún hoy); y nos amontonamos junto a un brasero cavado en la tierra con una palita. Sobre él, la pletórica parrilla, y a un costado, esperaban dos botellas de borgoña.

Comimos los seis casi sin advertir que afuera, impiadosa, continuaba la lluvia. Los últimos bocados los tomamos en silencio. Aproveché luego para inaugurar mi pasacassettes portátil, que todavía conservo como reliquia. Lo hice con la Novena Sinfonía de Brückner. Al final de la cinta, Leonel solo me tocó el brazo para avisarme que algo comenzaba. Afuera ya no llovía. Los dos salieron y me quedé solo junto al rescoldo. Decidí que en ese rincón y en ese instante el tiempo se había detenido y permanecí hasta que reanudó su marcha.

Después, Buc y yo salimos nuevamente al campo, pero eso es otra historia.

Texto de Rodolfo Perri para Revista Weekend.

por Juan Ferrari

Galería de imágenes

Últimas Noticias
NOTICIAS RELACIONADAS