El club de Avellaneda acumula errores, derrotas y un clima de incertidumbre que aleja al equipo de sus objetivos. El presidente no habla, el técnico no convence y los jugadores cometen fallos inusuales.
La crisis de Racing es cada vez más profunda. Sumido en un presente que suma capítulos negativos con múltiples alcances, la Academia da vueltas en un círculo vicioso que lo aleja de las aspiraciones de vueltas olímpicas. Del “todos juntos” a una fragmentación con distintas connotaciones, orígenes y consecuencias, cada una de las partes suma con sus errores a un estado de confusión y malestar.
El equipo de Gustavo Costas antes conmovía y hoy exaspera con errores absurdos. Dueño del lema “dar el salto de calidad” durante su campaña presidencial, ahora Diego Milito es preso de aquella sentencia y dueño de un silencio que aturde en tiempos de desconcierto. El técnico y el presidente, símbolos innegables de la institución, transitan las horas más complejas en sus respectivas tareas.
En una relación entre ambos que desde el primer día tuvo puntos de vista diferentes sobre cómo gestionar el fútbol profesional, lo único que difiere hoy es la reacción de los hinchas ante uno y otro en este presente. Costas es el único indemne en el Cilindro de Avellaneda, donde su apellido es coreado en cada partido. Para Milito, en cambio, el escarnio va en clave de insultos a la comisión directiva que encabeza.
El Príncipe, que una década atrás se retiró en el presidente Perón y fue coronado por una multitud como el ícono que marcó un antes y un después para volver a la senda de la victoria desde el título de 2014, ya no escucha el “Milito hay uno solo” que le ofrendaba una marea celeste y blanca. En su primera tempestad desde que es el máximo directivo de Racing, Diego exhibe que no hay un solo Milito: después de ser ídolo como jugador y exitoso en el rol de director deportivo, del que se fue al reclamar “que la inversión no se vea como un gasto”, hoy hace del silencio su sello.
Del liderazgo que ejercía adentro de la cancha y también frente a los micrófonos, el Milito dirigente se define desde la indefinición pública: su silencio, paradójicamente, tiene eco. La falta de declaraciones del presidente académico provoca una onda expansiva de interpretaciones múltiples sobre cuál es el rumbo o cuáles son sus verdaderas consideraciones sobre el trabajo de Costas y hasta del de Sebastián Saja, a quien le encomendó la tarea de encabezar la secretaría técnica.
El exarquero, que también colgó los botines el mismo día que su amigo Milito en 2016, también quedó en la mira porque –por distintos motivos– hasta el momento la mayoría de los refuerzos que llegaron no dieron la talla. Por consecuencia, el evidente deterioro de la calidad de recambio en algunos sectores de la cancha resulta motivo de reclamo público.
Los cuestionamientos no sólo son de los hinchas. También del cuerpo técnico, más allá de que todas las incorporaciones pasan por una mesa en la que también se sientan Costas y Milito para sellar la aprobación. “David Pizarro vino sin jugar hace mucho y le cuesta meterse en ritmo. Y nosotros nos jugamos la vida en cada partido”, sentenció Costas luego de la derrota ante Botafogo en Río de Janeiro, donde un periodista chileno le preguntó por la escasa participación del 9 trasandino.
Tomás Pérez, juvenil que estaba en la reserva, hoy está por delante de Pizarro en la consideración del entrenador, quien también hizo hincapié en una problemática cada vez mayor del equipo: “Tenemos errores que nos cuestan demasiado caro y, además, no aprovechamos los errores de los rivales”.
Los jugadores, por supuesto, son parte importante de esta crisis. La Academia se graduó como uno de los equipos más ingenuos del fútbol argentino (y continental). Desatenciones inexplicables, goles surgidos de laterales, acciones defensivas muy defectuosas y expulsiones por conductas inentendibles integran un álbum de momentos infelices. El equipo coleccionó errores en todo el semestre, con el agravante de haber profundizado esta tendencia con una jugada que marcó un antes y un después: el penal que Adrián Martínez picó por encima del travesaño ante Independiente.
Esa errónea ejecución, impropia del estilo del jugador más importante del equipo, quedó como la foto más dolorosa de una serie de acciones para el olvido.
