El concierto de Megadeth en Tecnópolis no tuvo clima de despedida. Dave Mustaine extendió su gira de retiro por varios años y la banda sigue sonando intensa, con un setlist clásico y una puesta minimalista.
No hubo clima de despedida anoche en Tecnópolis. Primero y principal, porque quizás no lo haya sido: Dave Mustaine dijo que el This Was Our Life era, efectivamente, el tour del adiós para Megadeth, pero también dijo que se va a extender por tres o cuatro años, siempre y cuando la dolencia que lo aqueja en las manos (contractura de Dupuytren) se lo permita. Así las cosas, no se puede confirmar pero es esperable tenerlos de vuelta entre nosotros en un futuro no tan lejano, y más sabiendo la relación especial que tiene desde hace décadas con el público argentino.
Segundo, porque se trata de Megadeth. Quien espere demostraciones exageradas de sensibilidad de este grupo no lo conoce bien: lo suyo es llegar, tocar el thrash más eficiente que cualquiera escuchó en su vida e irse. Sus conciertos no son montañas rusas de emociones: son un camión a 120 que en un momento se detiene para que nos bajemos.
Tercero, porque no se hizo nada especial para la ocasión. Fue un concierto austero, de una hora y media clavada, con una puesta en escena particularmente minimalista (un telón con el logo de la banda en el fondo, dos pantallas siguiendo a los músicos a los costados, ni visuales revolucionarias ni pirotecnia ni invitados especiales ni rarezas del catálogo resucitadas) y un par de falencias técnicas menores, como que Mustaine parecía no escuchar su propia voz por momentos.
Cuarto, esta formación tiene escasísimo peso en la historia de Megadeth. Dirk Verbeuren lleva diez años, James LoMenzo tuvo dos etapas, Teemu Mäntysaari es técnicamente intachable pero ninguno de ellos aparece en la discusión de los históricos al lado de Marty Friedman, Dave Ellefson o Nick Menza. La trilogía sagrada de Rust in Peace, Countdown to Extinction y Youthanasia no tuvo más representantes en Tecnópolis que el pelirrojo líder.
Quinto, el setlist no tuvo sorpresas más allá de los tres cortes de difusión del nuevo disco. Hace años eligieron reforzar el bloque noventoso con clásicos como Hangar 18, Tornado of Souls, Symphony of Destruction y Peace Sells, ignorando casi toda la producción posterior excepto el elepé que estuvieran presentando. La canción más nueva por fuera de los estrenos fue She-Wolf, de 1997.
Y por último, la razón principal por la que el público no se fue pensando en el final es que Megadeth sigue sonando intenso, nervioso, presente. Tocan temas de hace treinta años pero son una banda de hoy, con un amplio abanico de virtudes: el gancho de Hangar 18, la melodía de She-Wolf, el breakdown de Wake Up Dead, la demencia que desata Symphony of Destruction, la perfección thrashera en el cierre con Holy Wars… The Punishment Due. Dijo Mustaine: “Quiero terminar en lo más alto, no cuando ya no podamos hacerlo bien”. Si es por eso, hacemos bien en no sentir el adiós.
