Enseguida que los militares dieran el segundo golpe de Estado contra un gobierno peronista, el politólogo Guillermo O’Donnell presentó un trabajo titulado “Estados y alianzas en la Argentina, 1956-1976”. Su objetivo era estudiar la implantación del “Estado burocrático autoritario”, uno de los conceptos que lo harían célebre. En el texto se proponía analizar el alineamiento de actores políticos y económicos enfrentados por intereses, conviviendo con un Estado que resignaba autonomía, inclinándose por una u otra coalición según las circunstancias. A esos agrupamientos O’Donnell los bautizó “alianza ofensiva” y “alianza defensiva”, y los ubicó en el contexto de un ciclo económico característico, y de dilemas originados por rasgos peculiares de la Argentina de hace medio siglo.
Al conglomerado defensivo lo integraban el peronismo y los sindicatos…
Evidentemente, la denominación “alianza defensiva”, cuya fuerza articuladora era el peronismo, no estaba determinada por la ideología, sino por el hecho de que su origen era legal y popular. En contraste, la “alianza ofensiva” representaba a una élite, conformada por el campo y la alta burguesía ligada al capital multinacional, sin posibilidades de alcanzar el gobierno si no era a través de golpes militares. Al conglomerado defensivo lo integraban el peronismo, los sindicatos, las organizaciones empresarias que representaban a las empresas medianas y pequeñas, y fracciones de la burguesía local. Su bandera, antitética con la visión ofensiva, era el nacionalismo, la defensa del mercado interno y una concepción “socialmente justa” de la economía. Según O’Donnell, esta alianza fue esporádica, pero recurrente y notablemente exitosa, aunque con una notoria debilidad: si bien era capitalista, no podía coronar sus éxitos con un programa alternativo, se agotaba en sí misma.
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La disputa entre las alianzas ocurría durante un ciclo económico, cuya lógica puede describirse estilizadamente así: la fase de crecimiento, impulsada por la alianza defensiva, provocaba el aumento de las importaciones, lo que tornaba deficitario el saldo comercial. A eso le seguía una crisis de la balanza de pagos, por la amortización de capital e intereses de los créditos tomados para financiar los desequilibrios, tanto del gasto público como del déficit comercial. En paralelo, se descontrolaba la emisión monetaria y escaseaban las divisas. Para complicar las cosas, en la época del análisis de O’Donnell los bienes primarios, que eran básicamente la carne y los cereales, debían distribuirse entre el consumo interno y la exportación. En la fase ascendente del ciclo, cuando los ingresos populares se incrementaban, también lo hacían el consumo de alimentos y la inflación.
La alianza ofensiva regresaba entonces con su programa clásico: plan de estabilización que incluía devaluación, restricción monetaria, levantamiento total o parcial de las retenciones al campo, apertura de las importaciones de productos que se fabricaban en el país y crédito stand-by del FMI. Como consecuencia, caía el consumo y con este la inflación, verificándose una traslación de ingresos al sector exportador, donde los más beneficiados eran el agro y los capitales multinacionales asociados a él. La alianza ofensiva parecía arrollar a la defensiva, pero este triunfo era efímero. La depresión de la economía, la regresión del ingreso, la protesta social y la pericia del peronismo para articular a los perdedores del modelo restablecían la alianza defensiva. El resultado era un juego de suma cero, que el sociólogo Juan Carlos Portantiero llamó “empate hegemónico”. Sintéticamente describía una situación donde fuerzas se alternaban en vetar los proyectos de las otras, pero carecían de capacidad para imponer de manera perdurable los propios.
… pero también las empresas medianas y chicas, y la burguesía nacional
Cuarenta años de democracia no pudieron desatar este nudo, pero ciertas condiciones cambiaron. En primer lugar, desaparecieron los golpes de Estado, que habían sido el medio de la alianza ofensiva para acceder al poder. En segundo lugar, gobiernos más extensos, como los de Menem y los Kirchner, prolongaron el ciclo económico. En tercer lugar, el campo se tecnificó y se especializó en cultivos que no compiten con el consumo interno; creció el sector de servicios, se diversificó la industria, la propiedad se concentró y avanzó el capital transnacional. No cambiaron los actores, aunque las transformaciones posibilitaron relaciones mucho más complejas y diversificadas entre ellos que en la etapa predemocrática. Estos cambios ocurrieron en paralelo con un hecho político extraordinario, que fue el gobierno de Menem, cuando el peronismo se pasó de alianza. De ser el sustento de la coalición defensiva, se convirtió en la insignia de los sectores más poderosos de la economía, que aprovecharon su oportunidad camuflados en un peronismo que se había travestido.
El kirchnerismo restauró el lugar histórico del peronismo, poniéndolo otra vez del lado defensivo, pero, habiendo iniciado sus gobiernos con condiciones muy favorables, le ocurrió lo que había advertido O’Donnell: fue consumiéndose y consumiendo los recursos sin proponer un programa alternativo, acorde a las transformaciones económicas y sociales. Cuando los Kirchner abandonaron el equilibrio fiscal y Cristina confundió al campo con “los piquetes de la abundancia”, empezaron a constatarse las limitaciones para entender el país que debían gobernar. Entonces la alianza ofensiva, democratizada en sus métodos, llegó al gobierno vía elecciones libres por primera vez en la historia. Macri y el republicanismo, los artífices de la gran novedad, experimentaron sin embargo el amargo sabor del empate. Un peronismo que aún conservaba fuerza para oponerse los vetó. Eso, junto con los errores propios, les impidió a las fuerzas ofensivas obtener la reelección.
Hoy, después de un fracaso del peronismo aún más patético, como fue el gobierno de Alberto Fernández, la Argentina asiste al intento más ambicioso y agresivo de la alianza ofensiva para desempatar. Es su hora. Como lo hizo la coalición defensiva antes, el líder que la impulsa equipara el proyecto con la verdad, agraviando a los que no lo comparten, según la regla invariable de la política argentina.
El peronismo muy debilitado, la aprobación de amplias franjas de la sociedad que no quieren volver a la inflación, un creciente flujo de divisas de la minería, la energía y la agroindustria son, entre otros, factores para pensar que esta vez podría desatarse el nudo. No es necesario contar con la mayoría de los argentinos para lograrlo. Con el 40% del voto positivo y 10% de distancia con el segundo, algo muy factible por la fragmentación de la oposición, habrá Milei hasta 2031.
¿Puede haber otro desenlace? Podría ocurrir si hubiera una corrida cambiaria o un milagro político: que los republicanos, PRO y el peronismo convergieran en una amplia coalición. Parece loco: defensivos y ofensivos en dulce montón. No obstante, en un mundo donde lo que resultaba inverosímil ayer sucede mañana, nada debe descartarse.
