30 abril, 2026

Separada hacía 8 meses, su ex pareja la ayudó a transitar un cáncer que los hizo redescubrirse

Malvina Torrielli y Juan Andrés se reencontraron tras ocho meses de separación cuando ella recibió un diagnóstico de cáncer de mama. Juntos, afrontaron el tratamiento con apoyo mutuo y complicidad.

Malvina Torrielli y Juan Andrés se cruzaron por primera vez a fines de 2019, en un fin de semana largo que prometía ser solo una salida casual con amigos. En un bar animado, dos chicos invitaron a dos amigas a compartir mesa; el siguiente encuentro sería en casa de otro amigo y el destino empezó a tejer su hilo. Unas juntadas después, en otro bar, sus miradas se encontraron de verdad: un choque accidental derivó en una pequeña discusión que, como en las mejores películas románticas, terminó en un brindis compartido. Esa chispa inicial reveló en él una personalidad reservada y observadora que la cautivó al instante, su actitud tranquila la hizo sentirse vista de verdad. La pandemia, lejos de separarlos, los unió mucho más. Nunca hubo un “somos novios” formal; en cambio, surgió un lazo natural durante la cuarentena, donde él se convirtió en su “compañero de cuarentena”. Incluso cuando el mundo volvió a abrirse, Malvina seguía usando ese apodo, hasta que sus amigas le recordaron con risas que esa etapa ya había pasado. Así evolucionó a “mi compañero”, un término cargado de cariño que encapsulaba su conexión profunda, sin etiquetas apresuradas.

“Nos divertíamos juntos, había mucha complicidad. También me ayudó a crecer en varios aspectos y valorábamos las opiniones del otro, aunque pensáramos distinto siempre con respeto. Solíamos elegir más planes de a dos que sociales, respetando los momentos, amigos y espacios de cada uno. Priorizábamos estar juntos, viajar, conocer lugares nuevos y hacer escapadas de fin de semana”, recuerda Malvina.

Sin embargo, a fines de diciembre de 2024, llegó el momento de una decisión compartida: ambos eligieron terminar, reconociendo que, pese al amor que aún latía fuerte, las diferencias en gustos y visiones de vida hacían el camino cada vez más cuesta arriba.

A los 43 años y habiendo pasado ocho meses de la ruptura con Juan Andrés, en su control ginecológico anual, Malvina se había palpado un bulto en la mama izquierda. Tras estudios iniciales y una punción, el resultado fue un nódulo benigno que alegró a sus hermanas y amigos cercanos. Sin embargo, la ginecóloga notó un ganglio axilar inflamado que la inquietó. Derivada al mastólogo, coincidieron en la duda y le indicaron un Doppler y eco del ganglio. La médica se sorprendió por una marca en el pliegue mamario —que Malvina atribuyó al corpiño—, revelando un nuevo nódulo con engrosamiento cutáneo. En ese instante, ella ya intuía que era cáncer, aunque su entorno lo negara. Dos punciones más lo confirmaron: el nuevo nódulo y el ganglio axilar eran malignos.

En medio del caos del diagnóstico, con la última punción pendiente de confirmar el cáncer el 20 de agosto de 2025, Malvina decidió escribirle a su expareja, con quien no tenía contacto desde hacía ocho meses. Le mandó un mensaje simple por WhatsApp para saber cómo estaba, y la charla fluyó natural. A la semana siguiente, él la invitó a tomar un café. El reencuentro en el bar fue “mágico”: dos horas sin parar de hablar, llenas de alegría por parte de ella, aunque con la duda de si contarle lo que les estaba pasando. Malvina le llevó un libro comprado para Navidad que nunca le había dado por la ruptura; lo abrieron juntos y leyeron la dedicatoria olvidada, reviviendo emociones. Ella tardó dos horas en contarle su diagnóstico de cáncer —recién al ofrecer llevarlo a casa, antes de que se bajara del auto, soltó la verdad—. Totalmente desconcertado y sorprendido, Juan Andrés le pidió a Malvina que lo llamara apenas tuviera el resultado de la punción.

A los pocos días y con los resultados que ya imaginaba, Malvina decidió llamar a Juan Andrés para contarle: “Le dije tengo cáncer y le repetí todo lo que me había dicho la ginecóloga, que tenía que hacer quimioterapia, rayos, operación y que se me caería el pelo”, y siguió contando: “Él salió de trabajar y se vino a casa. Nos abrazamos y me dijo, no te consulté, pero le conté a mi mamá. Hicimos una videollamada con ella, que se puso totalmente a disposición. Cenamos juntos y después nos quedamos en silencio, compartiendo ese momento. Me apoyé en su hombro, me miró y me dijo: ‘Te va a quedar bien el pelo corto’”.

Al día siguiente del diagnóstico, con mucha angustia Malvina fue a trabajar. Su gerenta ya lo sabía, así que juntó a su equipo y les contó todo. El lunes siguiente, con más de 15 preguntas anotadas en un cuaderno, visitó a la mastóloga. Entre explicaciones y detalles, llegó la frase salvadora que cambió todo: “Malvina, vos no hiciste nada para tener esto”. Esas palabras barrieron la culpa, las dudas y las preguntas que la carcomían, devolviéndole algo de paz en medio de la tormenta.

En ese caos vertiginoso, sin saber bien cuándo, Malvina se movió rápido: tuvo una entrevista con una nutricionista oncológica, contactó a una profe de gimnasia especialista, averiguó sobre cascos fríos para la quimio, compró turbantes y se cortó el pelo a la altura de los hombros. El mastólogo la derivó al oncólogo, quien delineó el plan: 4 quimios rojas con doxorubicina y ciclofosfamida, y luego 12 quimios blancas con paclitaxel. Después de eso, cirugía y rayos. Malvina inició el tratamiento con el apoyo incondicional de Juan Andrés, quien la acompañó a cada sesión y se convirtió en su principal sostén emocional.

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