Construido como casco de estancia y refugio defensivo a mediados del siglo XIX, este emblemático edificio de la provincia de San Luis atesora capítulos de la historia regional, desde su vínculo con el desarrollo local hasta su estado actual de abandono.
En la provincia de San Luis, en un cruce de caminos cercano a las sierras del Rosario, se erige un castillo con torreón y muros almenados. Su origen se remonta a alrededor de 1850, cuando el estanciero Carlos Bett construyó una toma de agua y un molino que impulsaron la prosperidad de la zona. Posteriormente, se levantó esta sólida edificación destinada a ser el casco de una gran estancia y a servir de protección ante eventuales malones.
La construcción, que se fue ampliando con el tiempo, se encuentra en los terrenos de lo que fue una extensa propiedad que abarcaba partes de tres departamentos. El segundo propietario, David Daria, también contribuyó a su edificación. En 1906, bajo la propiedad de Pedro Miguel Mario Garciarena, se donaron tierras de la estancia para la fundación de lo que hoy es la ciudad de La Toma, conocida como la capital nacional del mármol ónix.
El castillo, ubicado cerca de la estación de ferrocarril inaugurada en 1886, fue un centro social y de amparo en una geografía vasta y en tiempos económicamente difíciles para la provincia. Por sus salones pasaron diversas personalidades y fue testigo de importantes eventos locales.
La última propietaria destacada de la familia fundadora fue Julia Fernández, conocida como la “Niña Julia” o “tía Julia”, quien vivió más de cien años y a quien se le atribuye una historia de amor que quedó registrada en un libro. Con su fallecimiento, comenzó un proceso de decadencia y desmantelamiento del edificio.
En la actualidad, el castillo se encuentra en estado de abandono. Apenas se mantiene en pie el torreón, y la estructura, que alguna vez albergó objetos traídos de Europa, está expuesta al ingreso público. En el patio solo perduran algunas plantas exóticas como testigo de su pasado esplendor.
Este monumento es un símbolo de la historia agropecuaria de San Luis y de la resistencia de la población campesina en una región que enfrentó grandes desafíos durante siglos.
