En la Buenos Aires de principios de los setenta, en el entorno laboral de la emblemática empresa SIAM Di Tella, una conexión especial entre dos compañeros desafió compromisos previos y convenciones sociales, dando inicio a una relación que marcó sus vidas.
A principios de la década de 1970, Mirta comenzó a trabajar en el sector de grabo-verificación de la empresa SIAM Di Tella. Su presencia llamaba la atención, incluida la de su compañero Juan José. En aquella época de expansión de la informática con grandes computadoras como el IBM 360, el sector reunía a varias empleadas, pero Mirta destacaba por su aspecto.
El primer acercamiento significativo ocurrió en diciembre de 1970, durante una fiesta de la compañía. Juan José la invitó a bailar, como ya habían hecho otros. Con el inicio de 1971, el intercambio de miradas a través del vidrio que separaba sus áreas de trabajo se volvió habitual, evidenciando una conexión especial entre ellos.
Isabel, una compañera y confidente de Mirta, notó esta química y le preguntó a su amiga por sus sentimientos. Mirta reconoció sentir algo, pero aclaró que debía quedar en un plano superficial, ya que llevaba seis años de noviazgo con un hombre aprobado por ambas familias y el compromiso formal era inminente.
Con Isabel como intermediaria, comenzaron a compartir algunos almuerzos, como en El Palacio de la Papa Frita de Lavalle. Luego, iniciaron la costumbre de tomar café juntos durante las pausas laborales, frecuentando lugares como el Bom Café, en Florida y Tucumán, o un local en Rivadavia y Cucha-Cucha, manteniendo estos encuentros en secreto del novio de Mirta.
La relación dio un paso definitivo el 20 de febrero, cuando salieron a bailar juntos a un local en Vicente López. Allí se dieron su primer beso, un momento que Juan José asocia con la canción “Qué será, qué será” de José Feliciano. Ese beso llevó a Juan José a terminar su propio noviazgo de cinco años. Sin embargo, Mirta, presionada por su entorno, siguió adelante con los planes de compromiso, que incluían regalos y un departamento en Flores.
Mirta renunció a su trabajo en SIAM y comenzó a trabajar en la Caja de Autónomos. A pesar de que ella manifestó a su padre su deseo de cancelar el compromiso, la fiesta se celebró el 6 de marzo con setenta invitados. Al día siguiente, Juan José la llamó y la invitó a salir. Se encontraron en Palermo, donde hablaron y se besaron, pero sin avanzar más allá.
De regreso, en un bar de la esquina de Rojas y Rivadavia, Juan José, con temor a perderla, le pidió que dejara a su novio y le propuso no verse hasta que eso sucediera. Cumpliendo su palabra, no volvió a contactarla. Mirta, tras reflexionar, reunió el valor para terminar con su prometido, ya que esa relación nunca había tocado sus fibras más profundas. Su madre y abuela se encargaron de devolver los regalos.
Finalmente, Mirta contactó a su amiga Isabel, quien organizó un reencuentro en el barcito ‘Canoba’ para el 31 de marzo. Isabel le indicó a Juan José que fuera allí, donde lo aguardaba una sorpresa. Al llegar, su corazón se aceleró ante la posibilidad, que se concretó, de reencontrarse con Mirta, ahora finalmente libre.
