La reconocida directora cordobesa estrena el 9 de mayo en el Teatro Real una obra que explora la libertad de pensamiento a partir de la figura del filósofo Baruch Spinoza.
El teatro, para Cheté Cavagliatto, nunca fue un refugio de complacencia. Su trayectoria —marcada por hitos como haber hecho llover en el Teatro del Libertador San Martín en la década de 1980 o haber diseccionado la violencia de género en piezas operísticas como “Cuerpo de mujer, peligro de muerte”— confirma que el escenario es su plataforma política. Sin embargo, hace dos años, la directora decidió poner un punto de suspenso. La asfixia de los presupuestos culturales y un clima hostil hacia la producción intelectual la llevaron a un retiro meditativo; pero ese silencio se rompió con un susurro: el de Baruch Spinoza.
Cavagliatto vuelve con “Spinoza, la herejía sin fin”, una obra que se estrenará el próximo 9 de mayo en el Teatro Real y cuyo proyecto nace del cruce con el filósofo Diego Tatián, autor junto a Jorge Eines de “El susurro del marrano”, un libro en el que la directora encontró el espejo perfecto para las tensiones del presente: la historia de un hombre expulsado de su comunidad en 1656 por pensar a Dios fuera de los dogmas e identificarlo con la naturaleza.
Allá por el siglo XVII, Baruch Spinoza fue víctima de una excomunión radical que lo borró del mapa social de Ámsterdam. “Esa intolerancia te lleva a cometer actos atroces y es lo que estamos viviendo hoy”, reflexiona la directora y el paralelismo es inevitable. En efecto, la figura del filósofo que defendía la libertad de pensamiento frente a las identidades colectivas cerradas resuena en un mundo que parece haber olvidado el ejercicio de la escucha.
Para Cavagliatto, el teatro clásico o histórico sólo tiene sentido si tiende puentes con el ahora. Al igual que lo hizo en 2022 con “Las brujas de Shakespeare”, donde el pasado isabelino servía para denunciar la persistencia de la violencia contra la mujer, aquí el siglo XVII funciona como un laboratorio sobre el fundamentalismo, donde el conflicto no reside en la acción física, sino en la potencia de la palabra.
En esta obra, la puesta se distancia de la narrativa tradicional, no hay grandes despliegues de acción dramática sino pensamiento en movimiento. “Es una concepción medio brechtiana, una cosa que es más razonada, que no juega con la emoción sino con el criterio y el análisis del espectador”, explica Cavagliatto.
Atendiendo justamente esto, el montaje requirió de una ingeniería técnica minuciosa. Con la escenografía de Santiago Pérez y la iluminación de Franco Muñoz, la obra se convierte en una coreografía de luces y desplazamientos, donde cada paso de los intérpretes —Marcelo Arbach, Andrés Malakkián, Hernán Sevilla y el músico Raúl Venturini— debe sincronizarse con una precisión matemática, en una arquitectura visual diseñada para sostener un texto denso y profundo, pero necesario.
Ante la ausencia de subsidios, la vuelta a las tablas también implicó reinventar los modos de producción y el equipo recurrió a las lecturas públicas para recaudar los fondos necesarios para el montaje; una estrategia de resistencia que demuestra que el compromiso de Cavagliatto no solo está en el discurso, sino en la praxis. “Para mí el teatro es subirme a decir cosas, sino, para qué”, finaliza.
“En 1656 la comunidad sefardita de Ámsterdam expulsó a Baruch Spinoza por cuestionar la autoridad de las Escrituras y proponer una perspectiva de Dios identificado con la naturaleza. La violencia de esa maldición colectiva contra sus ideas y su persona conmovió al judaísmo y produjo, desde entonces, intensos debates teológicos y políticos hasta nuestros días. La aniquilación de personas y la persecución de ideas no se explica como un simple acto de intolerancia, sino que expresa algo más profundo: la inestabilidad que la libertad de pensamiento ocasiona en las identidades colectivas”, reza la sinopsis de la obra.
Con entradas ya disponibles en la boletería del teatro, la obra tendrá su estreno el próximo sábado 9 de mayo y continuará con funciones los días 15 y 16 de mayo a las 20 en el Teatro Real (San Jerónimo 66).
