El libro ‘Últimos cuentos, jaques y leyendas’ de Manuel Azuaga cierra una trilogía sobre historias de ajedrez, que incluye el romance de Bobby Fischer en La Habana y la resistencia del disidente soviético Natan Sharansky en un gulag de Siberia.
Málaga, 2 jun (EFE).- El ajedrez sirvió al campeón estadounidense Bobby Fischer para vivir una historia de amor en Cuba, y también ayudó al disidente soviético Natan Sharansky a mantener la cordura durante sus nueve años de cautiverio en un gulag de Siberia, según el libro ‘Últimos cuentos, jaques y leyendas’, de Manuel Azuaga.
El volumen, editado por Renacimiento, se presenta este martes en Málaga y completa la trilogía que comenzó con ‘Cuentos, jaques y leyendas’ (2021) y continuó con ‘Más cuentos, jaques y leyendas’ (2023).
“Con este cerramos la trilogía, pero la historia del ajedrez sigue viva y, quién sabe, por eso digo que quizás son los penúltimos. La historia del ajedrez se sigue escribiendo ahora mismo, y hay una revolución espectacular, tanto por los jóvenes que van llegando como por todo lo que tiene que ver con la inteligencia artificial”, afirmó Azuaga en una entrevista con EFE.
Uno de los episodios relatados se remonta a 1966, cuando se celebró en La Habana la decimoséptima Olimpiada de Ajedrez. El equipo de Estados Unidos incluyó a Bobby Fischer, quien vivió un romance en la capital cubana. Su amor fue “la hoy escritora Mayra Montero, que escribió una novela deliciosa, ‘La tarde que Bobby no bajó a jugar’, en la que cuenta todo lo que vivió con Fischer en la habitación del hotel Habana Libre mientras se jugaban las Olimpiadas”, según Azuaga.
“Ella era muy jovencita, él tenía 21 años, y en la novela da un perfil muy amplio del carácter de Fischer, que se comportaba como un niño y no era muy iniciado en cuestiones amorosas”, explicó Azuaga, quien para escribir este capítulo se puso en contacto con Mayra Montero.
“En cada torneo al que iban, los jugadores siempre vivían historias fuera del tablero, y algunos incluso decían que les ayudaban a jugar mejor”, apuntó el autor. Agregó que “los grandes campeones suelen tener personalidades muy literarias en el sentido pasional, con vaivenes amorosos”, y en la lista de maestros hay muchos que “tenían varias partidas de la vida amorosa en juego”.
Natan Sharansky pasó a la historia por ser el primer disidente soviético liberado por el presidente Mijaíl Gorbachov como gesto para mostrar a Occidente que su perestroika iba en serio. Antes, durante su reclusión en Siberia, el ajedrez se convirtió en su “tabla de salvación”.
“Jugaba a ciegas, sin tablero y sin piezas. En la cabeza representaba sus partidas, y eso le salvó de la locura. Al salir en libertad, Sharansky, que todavía vive, se hizo muy amigo de Gari Kasparov”, relató Azuaga.
En España, el Premio Nobel Santiago Ramón y Cajal confesaba que su “único vicio” era el ajedrez, porque sentía por este juego “una pasión desbordada que no sabía cómo gestionar”.
“Él estaba dedicado a la ciencia, pero también dedicaba mucho tiempo a las partidas de ajedrez, y veía que no eran compatibles ambas cosas. Es un denominador común en personas que han sido célebres en cualquier ámbito del conocimiento que el ajedrez les absorbiera tanto que tenían que detestarlo para dedicarse a su verdadero afán”, indicó el autor.
Otro personaje destacado fue el ajedrecista Francisco J. Pérez, tres veces campeón de España. En 1962 fue invitado a jugar la primera edición del Memorial Capablanca en La Habana, pero las autoridades franquistas le denegaron el permiso para viajar.
“Lo que hizo fue buscar una jugada intermedia, que se diría en ajedrez. Escapó a Cuba, donde se hizo amigo del Che Guevara y de Fidel Castro, se nacionalizó cubano y defendió a ese país en unas Olimpiadas. Era un hombre muy culto, que vivía rodeado de libros y de gatos, pero estaba muy triste porque nunca pudo volver, que era su sueño”, concluyó Azuaga.
