7 junio, 2026

Cuando hay agua, ¿se cierra la brecha de rendimiento o se corre el arco?

Frente a las elevadas brechas de rendimiento, especialistas del INTA y la Fauba analizan cómo ajustar las decisiones de manejo agronómico para aprovechar los años de buena disponibilidad hídrica.

Empecemos definiendo algunos conceptos. El rendimiento potencial es el techo que puede alcanzar un cultivo bien manejado al que no le falta agua ni nutrientes, ni lo afectan plagas, malezas o enfermedades. Sin acceso a riego, el verdadero techo lo marca el potencial en secano, que depende de las lluvias y de la capacidad del suelo de almacenar agua. Este potencial varía fuertemente entre años y sitios. La diferencia entre ese techo y lo que cosecha el productor es la brecha de rendimiento.

En la Argentina, esas brechas son grandes. En maíz y trigo rondan el 50% del potencial, y en soja y girasol cerca del 40%. Son valores parecidos a los de Brasil y Uruguay, pero mayores que los de Estados Unidos o el oeste de Europa, donde se cosecha alrededor del 80% del potencial. Tomando ese 80% como referencia, achicar la brecha en los cuatro cultivos principales permitiría aumentar la producción nacional de granos de 127 a 191 millones de toneladas anuales, sin sumar hectáreas, según datos publicados en www.yieldgap.org.

A mayor disponibilidad de agua, mayor es el rendimiento potencial en secano, siempre que no haya excesos. Pero el rendimiento del productor no siempre sube tanto como el potencial, porque depende de decisiones de manejo. En campañas con buena provisión de agua, muchas veces se amplía la brecha. Las decisiones (densidad, fecha de siembra, dosis de fertilizante) se toman antes de saber cómo será la campaña. Si se definió un rendimiento objetivo basado en un año normal, el cultivo no podrá expresar el potencial del buen año.

El gráfico que acompaña esta nota muestra la relación entre el rendimiento logrado y el potencial en secano para tres zonas contrastantes. En las tres, la pendiente es menor a uno, y en el sitio más impredecible es más baja. Donde hay más riesgos, los productores manejan sus cultivos de forma más conservadora, reduciendo su capacidad de capturar beneficios en años favorables.

Las causas de la brecha son conocidas. Dosis subóptimas o nulas de fertilizante aparecen como factor central en los cereales, junto con control deficiente de enfermedades en trigo, mientras que en soja pesan los retrasos en la fecha de siembra. En maíz, los productores ajustan según el ambiente y el rendimiento objetivo; el problema es la incertidumbre sobre el potencial del año. La causa de fondo no es desconocimiento, sino costos e incertidumbre. Aun así, con las dosis actuales todavía hay margen para sumar nutrientes con buena eficiencia y retorno económico.

Si la brecha se agranda en los años buenos, cerrarla requiere mejorar el manejo para capturar el potencial extra cuando el clima lo permite. La salida es una agricultura más adaptativa, que ajuste las decisiones durante la campaña según la evolución del cultivo y los pronósticos. Esto empieza antes de la siembra, conociendo los distintos ambientes, la disponibilidad de agua en el perfil y la presencia de napa, y sigue durante el ciclo con seguimiento hídrico, nutricional y sanitario.

Este dilema cobra relevancia de cara a la próxima campaña. Los organismos internacionales asignan una probabilidad muy alta de un fenómeno de El Niño posiblemente intenso, que en gran parte de la región pampeana suele traer lluvias por encima de lo normal. Si se confirma, podría ser un año de potencial elevado, siempre que se eviten los excesos de agua. El potencial más elevado, el techo más alto, el arco más lejos… que deje de ser sinónimo de una brecha más amplia depende de la capacidad de adaptación.

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