Con 28 años y formada en bioastronáutica, esta salteña se prepara en Houston para representar al país en una posible misión, destacando los desafíos técnicos, físicos y de financiamiento.
Hay una escena en la película Gravity en la que Sandra Bullock flota en silencio, perdida en el espacio. Para Noel de Castro, esa imagen no es paralizante: es parte de su entrenamiento. Desde hace ocho meses vive en Houston, donde sus días se organizan en torno a protocolos, simulaciones y un exigente entrenamiento físico. Con 28 años y una formación como ingeniera biomédica, se prepara para representar a la Argentina en una misión espacial que, aunque aún no está garantizada, se presenta como una posibilidad concreta.
Noel no es astronauta de una agencia espacial tradicional. Su camino refleja una nueva era en la exploración espacial, donde intervienen países, estaciones de otros y cohetes de empresas privadas. En este escenario, donde la NASA regula, SpaceX lanza y firmas como Axiom Space actúan como intermediarias, su rol es clave: entrena para viajar al espacio y también para convencer a su país de que el esfuerzo vale la pena.
“Es pensar ‘yo me estoy llevando al espacio cosas que construyeron mis científicos, mis investigadores argentinos en los que confío 100%. Para mí eso vale un montón'”, explicó en una entrevista. El verdadero desafío, sugiere, no es solo la velocidad o la altura, sino sostener un proyecto colectivo hasta que alcance la órbita.
Nacida en Salta en 1997, en una familia trabajadora donde el progreso se basaba en el esfuerzo y la educación, siguió los pasos de su padre –ingeniero químico– y estudió Ingeniería Biomédica en la Universidad Favaloro, especializándose luego en bioastronáutica. Su interés se centra en la supervivencia en el espacio: cómo la medicina y la ingeniería pueden mejorar la calidad de vida de los astronautas, desde el diseño de trajes hasta el equipamiento médico.
“El cuerpo es lo primero que entra en crisis”, afirma. Describe la aceleración extrema del despegue y la adaptación a la microgravedad: “Pasás de sentir cuatro veces tu peso a no sentir nada”. En las primeras 24 horas, un astronauta puede perder hasta el 60% de fluidos, y en una misión prolongada, hasta el 25% de la masa muscular. “Por eso entrenamos tanto —agrega—, no para ser fuertes, sino para no rompernos”.
Sin embargo, enfatiza que el entrenamiento más intenso es el mental. Relata una experiencia vivida como piloto: “Me ha tocado estar piloteando y ver estrellarse un avión en la pista al lado mío… En ese momento uno se da cuenta de todo el entrenamiento que tiene. Yo, como piloto, tengo que estar atenta al resto del tráfico y actuar en emergencia y no tenés espacio para una emoción en ese tiempo”. Ese rigor, dice, es fundamental para las misiones espaciales.
Su camino simboliza una época de estudio riguroso y sacrificio para alcanzar metas consideradas casi imposibles, en un tablero espacial cada vez más diversificado y accesible.
