26 abril, 2026

Neuromodulación: una opción terapéutica para pacientes con patologías neurológicas en Argentina

La neuromodulación, una terapia que utiliza impulsos eléctricos o químicos para tratar enfermedades neurológicas, gana terreno en Argentina. Expertos explican sus aplicaciones y beneficios para pacientes con dolor crónico, Parkinson y otras afecciones.

Todo comenzó con una cirugía relativamente común para corregir una hernia discal, pero algo salió mal. En 2008, Elizabeth Tobío, divulgadora, productora y locutora, inició un calvario de doce años marcado por el dolor. “Sentía dolor real, agudo, incapacitante. Probé todo tipo de tratamientos: cirugías, pinchazos medulares, calmantes, incluso morfina”, relató en un congreso médico. Tras quedar postrada durante siete meses, a principios de 2020 encontró un médico que le propuso una terapia innovadora: la neuromodulación. “Me implantaron bajo la piel de la baja espalda un dispositivo de neuroestimulación espinal. Ese equipo emite impulsos eléctricos que interfieren y contienen el dolor. Eso me cambió la vida”, contó.

La neuromodulación es un tratamiento médico, interno o externo, que usa estímulos eléctricos o químicos para actuar sobre neuronas o fibras nerviosas, modificando los síntomas de la enfermedad. Según el doctor Carlos Ciraolo, jefe de la Sección de Neurocirugía Funcional del Hospital Italiano de Buenos Aires, “con el envejecimiento poblacional, cada vez hay más casos de enfermedades neurológicas degenerativas, y la neuromodulación está creciendo en sus aplicaciones, aportando calidad de vida a miles de pacientes”.

Esta terapia se utiliza para tratar patologías crónicas como el Parkinson, la distonía, la espasticidad, el temblor esencial y el dolor crónico y neuropático. Los neuromoduladores pueden controlar desde el ritmo cardíaco (como los marcapasos) hasta el dolor severo, los esfínteres o el manejo de insulina en diabetes. El dispositivo es pequeño, similar a un cronómetro, y se implanta bajo la piel con electrodos en la columna vertebral. Al activarse, interfiere las señales de dolor que viajan hacia el cerebro.

Los expertos aclaran que no es la primera opción terapéutica y solo se considera cuando los tratamientos analgésicos usuales no funcionan. “Si el paciente resulta ser un buen candidato, los resultados son muy satisfactorios para mejorar su calidad de vida y la de su familia, permitiéndoles retomar sus actividades y reducir la medicación”, señaló Ciraolo. Actualmente, se investiga su uso en dolor oncológico, trastornos de la marcha, epilepsia, tinnitus, migrañas, depresión resistente, trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) e incluso para ralentizar el deterioro cognitivo en Alzheimer.

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